domingo, 26 de noviembre de 2017

Los enemigos ocultos de Sergio Urrego





De acuerdo con Jairo Mauricio Pulecio, en su artículo ‘Filosofía y diversidad sexual’, el trato discriminatorio contra una persona diversa sexualmente puede llegar, incluso, a considerarlo un enfermo o transtornado mental, un acto reprochable si entendemos que la homosexualidad no es ninguna enfermedad. Es decir, Sergio Urrego, por el hecho de amar de otra manera no estaba haciendo algo mal. Pulecio asegura en su escrito que las personas que son tratadas como enfermos por el hecho de ser homosexuales “se les excluye de la posibilidad de razonar y de comunicar sus afecciones, se le impide, en definitiva, que sus reacciones hagan parte del tinglado de sentimientos morales”.

El autor habla de un concepto de educación sentimental, como un camino para desterrar los crímenes de odio. El concepto habla de reconocer en el otro,  independientemente de su inclinación sexual, puntos de cercanía con todas las personas. Se trata de una apuesta ética de los sentimentalistas morales, como bien lo expone Rorty, busca el progreso de los sentimientos, “dicho progreso consiste en la creciente capacidad de ver las similitudes entre nosotros y los que son muy diferentes a nosotros como si sobrepujaran a las diferencias. Se trata de lo que he venido llamando educación sentimental”.

Esto traducido en el caso Urrego, nos da para pensar que la educación sentimental no era otra cosa de un nivel de la ética construido desde la tolerancia y el respeto. Eso fue lo que le faltó a Sergio en su ambiente escolar: tolerancia y respeto. Además, Sergio fue víctima de un proceso para incomunicarlo, para quitarle su voz y su voto y para impedirle que pensara de otra manera. Tal vez por eso se suicidó, porque no encontró espacios disponibles para seguir adelante y explicarle a la sociedad que él era igual que todos.


El autor del texto desnuda una situación preocupante. Afirma, sustentado en varios ejemplos, que desde los propios fallos de la Corte Constitucional existe una visión homofóbica que directamente pudo afectar en la práctica a jóvenes como Sergio Urrego.

  Según Pulecio, “evidentemente, la Corte persiste en pensar que el objetivo de la lucha del colectivo lgbt es igualar su situación a la de los heterosexuales; la Corte hace de la Constitución un marco heterodominante a la luz del cual cualquier forma de vida debe poder encajar en él de algún modo, para poder obtener beneficios legales. El tratamiento del máximo tribunal jurisdiccional del país no abandona los esquemas hegemónicos heterosexistas, por el contrario, los reproduce en sus fallos y aun insiste en otorgar derechos a los grupos de ciudadanos en cuanto satisfagan criterios hegemónicos binarios, desconociendo con ello el universo de sexualidades y la complejidad ínsita a la conformación de la afectividad en la especie humana”.

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